martes, 12 de octubre de 2010

Misterios de Anahuac


V. Maestro  Samael  Aun Weor

Para bien de la Gran Causa no está demás empezar este tratado, transcribiendo algo maravilloso.

Quiero referirme en forma enfática a cierto relato consignado por Fray Diego Durán en su notabilísima obra titulada: “Historia de México” (Véase el Texto de don Mario Roso de Luna: “El Libro que Mata a la Muerte”. Páginas de la 126 a la 134).

Como quiera que no me gusta adornarme con plumas ajenas, pondremos cada párrafo entre comillas:

“Cuenta dicha Historia de las Indias de Nueva España e Islas de Tierra Firme, de Fray Diego Durán ―hermoso libro escrito a raíz de la colonización española de tan vasto imperio― que viéndose el emperador Moctezuma en la plenitud de sus riquezas y gloria, se creyó poco menos que un Dios. Los magos o sacerdotes del reino, mucho más sabios que él y más ricos, puesto que dominaban todos sus deseos inferiores, hubieron de decirle:”

“¡Oh, nuestro rey y señor! No te envanezcas por nada de cuanto obedece a tus órdenes. Tus antepasados, los emperadores que tú crees muertos, te superan allá en su mundo tanto como la luz del Sol supera a la de cualquier luciérnaga...”

“Entonces el emperador Moctezuma, con más curiosidad aún que orgullo, determinó enviar una lucida embajada cargada de presentes a la Tierra de sus mayores, o sea, a la bendita Mansión del Amanecer, más allá de las siete cuevas de Pacaritambo, de donde era fama que procedía el pueblo azteca y de las que tan laudatoria mención hacen sus viejas tradiciones. La dificultad, empero, estaba en lograr los medios y el verdadero camino para llegar felizmente a tan oscura y misteriosa región, camino que en verdad no parecía conocer ya nadie”

“Entonces, el Emperador hizo comparecer a su ministro Tlacaélel ante su presencia, diciéndole:”

“― Has de saber, ¡Oh Tlacaélel!, que he determinado juntar una hueste compuesta por mis más heroicos caudillos, y enviarlos muy bien aderezados y apercibidos con gran parte de las riquezas que el Gran Huitzilopochtli se ha servido depararnos para su gloria, y hacer que las vayan a poner reverentemente a sus augustos pies. Como también tenemos fidedignas noticias de que la madre misma de nuestro Dios aún vive, podría serle grato también el saber de aquestas nuestras grandezas y esplendores ganados por sus descendientes con sus brazos y con sus cabezas.”

“Tlacaélel respondió:” 

“― Poderoso Señor, al hablar como has hablado, no se ha movido, no, tu real pecho por mundanos negocios, ni por propias determinaciones de tu tan augusto corazón, sino porque alguna deidad excelsa así te mueve a emprender aventura tan inaudita como la que pretendes.

Pero no debes ignorar, Señor, que lo que con tanta decisión has determinado no es cosa de mera fuerza, ni de destreza o valentía, ni de aparato alguno de guerra, ni de astuta política, sino cosas de brujas y de encantadores, capaces de descubrirnos previamente con sus artes el camino que conducirnos pueda a semejantes lugares.

Porque has de saber, ¡oh poderoso Príncipe!, que según cuentan nuestras viejas historias, semejante camino está cortado desde luengos años ha, y su parte de este lado ciega ya con grandes jarales y breñales poblados de monstruos invencibles, médanos y lagunas sin fondo y espesísimos carrizales y cañaverales donde perderá la vida cualquiera que semejante empresa intente temerario.

Busca, pues, Señor, como remedio único contra tamaños imposibles a esa gente sabia que te digo, que ellos, por sus artes mágicas, podrán quizás salvar todos esos imposibles humanos e ir hasta allá trayéndote luego las nuevas que nos son precisas acerca de semejante región, región de la que se dice por muy cierto que cuando nuestros abuelos y padres la habitaron antes de venir en larga peregrinación hasta las lagunas de México, en las que vieron el prodigio del tunal o zarza ardiendo, era una prodigiosísima y amena Mansión donde disfrutaban de la paz y del descanso, donde todo era feliz más que en el más hermoso de los ensueños, y donde vivían siglos y siglos sin tornarse viejos ni saber lo que eran enfermedades, fatigas ni dolores, ni tener, en fin, ninguna de esas esclavizadoras necesidades físicas que aquí padecemos, pero después que de tal Paraíso salieron nuestros mayores para venir aquí, todo se les volvió espinas y abrojos; las hierbas les pinchaban, las piedras les herían y los árboles del camino se les tornaron duros, espinosos e infecundos, conjurándose todo contra ellos para que no pudieran retornar allá y así cumpliesen su misión en este nuestro mundo.”

“Moctezuma, oyendo el buen consejo del sabio Tlacaélel, se acordó del historiador real Cuauhcóatl ―literalmente, el 'Dragón de la Sabiduría, constante nombre de los Adeptos de la 'mano derecha' o magos blancos―, venerable Viejo que nadie sabia contar sus años, e inmediatamente se hizo llevar hasta su retiro en la montaña, diciéndole, después de haberle saludado reverentemente:”

― Padre mío, Anciano nobilísimo y gloria de tu pueblo, mucho quiero saber de ti, si te dignas decírmelo, qué memoria guardas tú en tu ancianidad santa acerca de la historia de las Siete Cuevas celestes donde habitan nuestros venerables antepasados, y qué lugar es aquel santo lugar donde mora nuestro Dios Huitzilopochtli, y del cual vinieron hasta aquí nuestros padres”

“― Poderoso Moctezuma ―respondió solemnemente el anciano― lo que este, tu servidor, sabe respecto de tu pregunta, es que nuestros mayores, en efecto, moraron en aquel feliz e indescriptible lugar que llamaron Aztlán, sinónimo de pureza o blancura.

Allí se conserva todavía un gran cerro en medio del agua al que llaman Culhuacán, que quiere decir 'cerro tortuoso o de las serpientes'. En dicho cerro es donde están las cuevas y donde, antes de aquí venir, habitaron nuestros mayores dilatados años. Allí, bajo los nombres de medjins y aztecas, tuvieron grandísimo descanso.

Allí disfrutaban de gran cantidad de patos de todo género, garzas, cuervos marinos, gallaretas, gallinas de agua y muchas y diferentes clases de hermosos pescados, gran frescura de arboledas cuajadas de frutos y adornadas de pajarillos de cabezas coloradas y amarillas, fuentes cercadas de sauces, sabinas y enormes alisos.

Andaban aquellas gentes en canoas y hacían camellones en los que sembraban maíz, chile, tomates, nahutlis, frijoles y demás géneros de semillas de las que aquí comemos, y que ellos trajeron de allí, perdiéndose otras muchas. Mas, después que salieron de allí a esta tierra firme y perdieron de vista a tan deleitoso lugar, todo, todo, se volvió contra ellos. Las hierbas les mordían, las piedras les cortaban, los campos estaban llenos de abrojos y hallaron grandes jarales y espinos que no podían pasar, ni asentarse y descansar en ellos.


Todo lo hallaron, además, cuajado de víboras, culebras y demás bichos ponzoñosos, de tigres y leones y otros animales feroces que les disputaban el suelo y les hacían imposible la vida. Eso es cuanto dejaron dicho nuestros antepasados y esto es lo que puedo decirte con cargo a nuestras historias, ¡Oh, poderoso Señor!”

“El Rey respondióle al anciano que tal era la verdad, por cuanto Tlacaélel daba aquella misma relación. Así, pues, mandó al punto que fuesen por todas las provincias del Imperio a buscar y llamar a cuantos encantadores y hechiceros pudiesen hallar. Fueron, pues, traídos ante Moctezuma hasta cantidad de sesenta hombres, toda gente anciana, conocedora del arte mágico, y una vez reunidos los sesenta, el Emperador les dijo:”

“― Padres y ancianos, yo he determinado conocer hacia dónde está el lugar del que salieron los mexicanos de antaño, y saber puntualmente qué tierra es aquélla, quién la habita y si es viva aún la madre de nuestro Dios Huitzilopochtli. Por tanto, apercibíos para ir hasta allá con la mejor forma que os sea dable y retornar brevemente acá.”

“Mandó además sacar gran cantidad de mantas de todo género, vestiduras lujosas, oro y muy valiosas joyas. Mucho cacao, algodón, teonacaztli, rosas de vainillas negras y plumas de mucha hermosura, lo más precioso, en fin, de su tesoro, y se lo entregó a aquellos hechiceros, dándoles, también, a ellos su paga y mucha comida para el camino, para que con el mayor cuidado cumpliesen con su cometido.”

“Partieron, pues, los hechiceros, y llegados a un cerro que se dice Coatepec, que está en Tula, hicieron sus invocaciones y círculos mágicos embijándose con aquellos ungüentos que todavía se usan en tales operaciones. ..”

“Una vez en aquel lugar, invocaron al demonio ―a sus respectivos Daimones familiares, al Lucifer particular de cada cual, querrá decir― y le suplicaron que les mostrase el verdadero lugar donde sus antepasados vivieron. El demonio, forzado por aquellos conjuros, les transformó, a unos en aves, a otros en bestias feroces, leones, tigres, adives y gatos espantosos, y los llevó a ellos y a todo cuanto ellos conducían al lugar habitado por los antepasados.”

“Llegados así a una laguna grande, en medio de la cual estaba el cerro de Culhuacan, y puestos ya en la orilla, volvieron a tomar la forma de hombres que antes tenían, y cuenta la historia, que viendo ellos a alguna gente que pescaba en la otra orilla, los llamaron. La gente de tierra llegóse en canoas, preguntándoles de dónde eran y a qué venían. Ellos entonces respondieron:”

 
“― Nosotros, Señores, somos súbditos del gran Emperador Moctezuma, de México, y venimos mandados por éste para buscar el lugar donde habitaron nuestros antepasados.”

“Entonces los de tierra preguntaron a qué Dios adoraban, y los viajeros contestaron:”

“― Adoramos al gran Huitzilopochtli, y, tanto Moctezuma como su consejero Tlacaélel, nos ordenan buscar a la madre de Huitzilopochtli, pues para ella y para toda su familia traemos ricos presentes.”

“El anciano les dijo:”

“― Que sean ellos bienvenidos y traédmelos acá.”

“Al punto volvieron con sus canoas, y metiendo a los viajeros en ellas, los pasaron al cerro de Culhuacán, el cual cerro dicen que es de una arena muy menuda, que los pies de los viajeros se hundían en ella sin poder casi avanzar, llegando así a duras penas hasta la casita que el viejo tenía al pie del cerro. Estos saludaron al anciano con grandísima reverencia y le dijeron:

“― Venerable Maestro, hénos aquí a tus siervos en el lugar donde es obedecida tu palabra y reverenciado tu hábito protector.”

“El viejo, con gran amor, les replicó:”

“― Bienvenidos seáis hijos míos. ¿Quién es el que os envió acá? ¿Quién es Moctezuma y quién Tlacaélel Cuauhcóatl? Nunca aquí fueron oídos tales nombres, pues los señores de esta tierra se llaman Tezacátetl, Acactli, Ocelopán, Ahatl, Xochimitl, Auxeotl, Tenoch y Victon, y éstos son siete varones, caudillos de gentes innumerables. A más de ellos, hay cuatro maravillosos ayos, o tutores del gran Huitzilopochtli, dos de ellos que se llaman Cuauhtloquetzqui y Axolona.”

“Los viajeros asombrados dijeron:”

“― Señor, todos esos nombres nos suenan a nosotros como seres muy antiguos, de los que apenas si nos queda memoria en nuestros ritos sagrados, porque hace ya luengos años que todos ellos han sido olvidados o muertos.”

“El viejo, espantado de cuanto oía, exclamó:”

“― ¡Oh. Señor de todo lo creado! ¿Pues quién los mató si aquí están vivos? Porque en este lugar no se muere nadie, sino que viven siempre. ¿Quiénes son, pues, los que viven ahora?

“Los enviados respondieron confusos:”

“― No viven, Señor, sino sus bisnietos y tataranietos, muy ancianos ya todos ellos. Uno de éstos es el gran Sacerdote de Huitzilopochtli llamado Cuauhcóatl.”

“El viejo, no menos sorprendido que ellos, clamó con magna voz:”

“― ¿Es posible que aún no haya vuelto ya aquí ese hombre, cuando desde que de aquí salió para ir entre vosotros le está esperando inconsolable, y día tras día, su santa madre?

“Con esto el viejo dio la orden de partida para el Palacio Real del cerro. Los emisarios, cargados con los presentes que habían traído, trataron de seguirle, pero les era imposible casi el dar un solo paso; antes bien, se hundían más y más en la arena como si pisasen en un cenegal. Como el buen anciano les viese en tal apuro y pesadumbre, viendo que no podían caminar mientras que él lo hacía con tal presteza que casi parecía no tocar el suelo, les preguntó amoroso:

“― ¿Qué tenéis, ¡oh mexicanos!, que tan torpes y pesados os hace? Para así estar, ¿qué coméis en vuestra tierra?”

“― Señor ―le respondieron los citados―, allí comemos cuantas viandas podemos de los animales que allí se crían y bebemos pulque.”

“A lo que el viejo respondió lleno de compasión:”

“― Esas comidas y bebidas, al par que vuestras ardientes pasiones, son las que así os tienen, hijos, tan torpes y pesados. Ellas son las que no os permiten llegar a ver el lugar donde viven nuestros antepasados y os acarrean una muerte prematura, en fin. Sabed además que todas esas riquezas que ahí traéis para nada nos sirven acá, donde sólo nos rodean la pobreza y la llaneza.”

“Y diciendo esto, el anciano cogió con gran poder las cargas de todos y las subió por la pendiente del cerro como si fuesen una pluma...”

El Capítulo XXVII de la citada Obra del Padre Durán ―comentada por Don Mario Roso de Luna, aquí parafraseado―, se extiende luego ―dice Don Mario― en un relato acerca del encuentro de los embajadores con la madre de Huitzilopochtli, del que entresacamos lo siguiente:

“Una vez arriba les salió una mujer, ya de gran edad, tan sucia y negra que parecía como cosa del infierno, y llorando amargamente les dijo a los mexicanos:”

“― Bienvenidos seáis, hijos míos, porque habéis de saber que después que se fue vuestro Dios y mi hijo Huitzilopochtli de este lugar, estoy en llanto y tristeza esperando su vuelta, y desde aquél día no me he lavado la cara, ni peinado, ni mudado de ropa, y este luto y tristeza me durarán hasta que vuelva.”

“Viendo los mensajeros una mujer tan absolutamente descuidada, llenos de temor dijeron:”

“― El que acá nos envía es tu siervo, el Rey Moctezuma y su coadyutor Tlacaélel Cuauhcóatl, y sabe que él no es el primer rey nuestro sino el quinto. Dichos cuatro reyes, sus antecesores, pasaron mucha hambre y pobreza y fueron tributarios de otras provincias, pero ahora ya está la ciudad próspera y libre, y se han abierto caminos por tierra y por mar, y es cabeza de todas las demás, y se han descubierto minas de oro, plata y piedras preciosas, de todo lo cual os traemos presentes.”

“Ella les respondió ya aplacado su llanto:

“― Yo os agradezco todas vuestras noticias, pero os pregunto si viven los viejos ayos (sacerdotes) que llevó de aquí mi hijo.”

“― Muertos son, señora, y nosotros no los conocimos ni queda de ellos otra cosa que su sombra y casi borrada memoria.”


“Ella, entonces, tornando a su llanto, preguntóles: “

“― ¿Quién fue quien los mató, puesto que acá todos sus compañeros son vivos? Y luego añadió: ¿Qué es esto que traéis de comer? Ello os tiene entorpecidos y apegados a la tierra, y ello es la causa de que no hayáis podido subir hasta acá.”

“Y dándoles embajada para su hijo, terminó diciéndoles a los visitantes:”

“― Noticiad a mi hijo que ya es cumplido el tiempo de su peregrinación, puesto que ha apacentado a su gente y sujetado todo a su servicio, y por el mismo orden gentes extrañas os lo han de quitar todo, y él ha de volver a éste, nuestro regazo, una vez que ha cumplido allá abajo su misión.”

“Y dándoles una manta y un braguero símbolo de castidad para su hijo, los despidió.”

“Pero no bien comenzaron los emisarios a descender por el cerro, volvió a llamarlos la anciana, diciéndoles:”

“― Esperad, que vais a ver cómo en esta tierra nunca envejecen los hombres. ¿Veis a éste mi viejo ayo? Pues en cuanto descienda adonde estáis, veréis que mozo llega.”

“El viejo, en efecto, comenzó a descender, y mientras más bajaba más mozo se iba volviendo, y no bien volvió a subir tornó a ser tan viejo como antes, diciéndoles:”

“― Habéis de saber, hijos míos, que este cerro tiene la virtud de tornarnos de la edad que queremos, según subamos por él o de él bajemos. Vosotros no podéis comprender esto porque estáis embrutecidos y estragados con las comidas y bebidas y con el lujo y riquezas.”

“Y para que no se fuesen sin recompensa de lo que habían traído, les hizo traer todo género de aves marinas que en aquella laguna se crían, todo género de pescados, legumbres y rosas, mantas de henequén y bragueros, una para Moctezuma y otra para Tlacaélel.”

“Los emisarios, embijándose como a la ida, volviéronse los mismos fieros animales que antes para poder atravesar el país intermedio, regresaron al cerro de Coatepec, y tornando allí a su figura racional, caminaron hacia la Corte no sin advertir que de entre ellos faltaban veinte por lo menos, porque el demonio, sin duda, los diezmó en pago por su trabajo, por haber andado más de trescientas leguas en ocho días, y aún más brevemente los hubiera podido aportar como aquél otro a quien trajo en tres días desde Guatemala, por el deseo que tenía cierta dama vieja de ver la cara hermosa del mismo, según se relató en el primer auto de fe que en México celebró la Santa Inquisición..”

“Maravillado quedó Moctezuma de todo aquello, y llamando a Tlacaélel, entre ambos ponderaron la fertilidad de aquella santa tierra de sus mayores; la frescura de sus arboledas, la abundancia sin igual de todo, pues que todas las sementeras se daban a la vez, y mientras unas se sazonaban, otras estaban en leche, otras en cierne y otras nacían, por lo que jamás podía conocerse allí la miseria. Al recuerdo ese de semejante tierra de felicidad, Rey y ministro comenzaron a llorar amargamente, sintiendo la nostalgia de ella y el ansia sin límites de algún día volver a habitarla, una vez cumplida aquí abajo su humana misión.”

Hasta aquí la deliciosa referencia de Fray Diego Duran, transcrita por Don Mario Roso de Luna, el insigne escritor teosófico.

Tomado del extraordinario libro del Venerable Maestro  Samael Aun Weor: "La doctrina secereta de Anahuac






domingo, 12 de septiembre de 2010

lunes, 31 de mayo de 2010

El Arte y los aztecas

El  Arte  y los  aztecas
Conferencia del V:. Maestro Samael Aun Weor

Todos ustedes han sido testigos esta noche de un espectáculo maravilloso, de un espectáculo Nahuatl autóctono, ciertamente, la sabiduría antigua de Anahuac es formidable, en este arte de naturaleza objetiva es claro que el arte se halla asociado a la ciencia y a la religión en su forma más pura, en tiempos de la antigua cultura de Mayas Zapotecas, toltecas, etc., nunca estuvo el arte divorciado de la religión ni de la ciencia ni de la filosofía.

V. Maestro  Samael Aun Weor

 Por medio del arte se llega directamente a la conciencia, por medio del arte se instruye al cerebro emocional y eso es grandioso, en los templos de la antigua Grecia y de Eleusis, el arte también se hallaba asociado a la religión a la filosofía y a la ciencia.



En la antigua Babilonia el arte era evidentemente místico, profundamente filosófico y también científico, en los templos de la antigüedad el arte nunca fue subjetivo; en la Babilonia la gran Babilonia que floreció en otras edades, existió el teatro y entonces se instruía los tres cerebros del ser humano, el intelectual, el emocional y el motor.

Bien sabemos nosotros que la ley del eterno heptaparaparshinock, es decir, la ley del siete, gobierna todo lo creado, así que, nunca faltaba en las esculturas de la antigua Babilonia, ni en los monolitos y esculturas de este México milenario la sabiduría artística basada en el número siete, si alguna vez alguna pieza artística por incongruencia resulta con algo diferente que fácilmente puede ser confundida con algún deterioro ocasionado por el tiempo, se debe ello precisamente al hecho de querer llamar la atención sobre la ley sagrada heptaparaparshinock.

A través del centro motor por medio de la danza se instruía este cerebro, a través del centro emocional fluía pues, la emoción más pura y a través del centro intelectual se conseguían ideas trascendentes y trascendentales.

Se instruía al centro intelectual, se instruía al centro emocional y se instruía al centro motor, se usaba la danza, se usaba la palabra iluminada, se usaba la mística religiosa y los tres cerebros del ser humano, intelectual, emocional, motor, recibían instrucción. Me  viene a la memoria las danzas de Egipto, de Samotracia, de Grecia, de India, de Persia y también estas danzas extraordinarias y maravillosas de nuestros antepasados Aztecas.

Amigos la sabiduría que floreció en el México antiguo es la misma de Egipto, es la misma de la India milenaria la tierra sagrada de los Vedas, es la misma de Samotracia, de Troya, de Roma de Cartago.

Quienes piensan ignorantemente que nuestros antepasados de Anahuac adoraban ídolos están totalmente equivocados, porque México tiene una cultura extraordinaria y maravillosa que deviene de los más antiguos tiempos

Bien podría haber México conquistado a Europa para enseñarle una doctrina solar, para llevarla a un nivel de más alta civilización.

Amigos si en la vieja Europa se adoró al Cristo, quiero que sepan también que aquí se reverenció al Cristo cósmico, a nuestro señor Quetzalcoatl. No es pues Quetzalcoatl un ídolo como presumen de ello muchos supercivilizados ignorantes.



El drama de nuestro Señor Quetzalcoatl es formidable, extraordinario, maravilloso, es el mismo drama de Jeshua Ven Pandira, es decir, el mismo drama de nuestro señor el Cristo bien podemos asegurar y en nombre de la verdad que Quetzalcoatl es el Cristo.

Vemos cuidadosamente los viejos códices, hallaremos riquísima información sobre nuestro señor Quetzalcoatl. 

Vivía él, (se dice) en una casa espléndida, en una ciudad maravillosa, viva representación divinal del paraíso terrenal. Un día cualquiera, dice la tradición alegórica, o simbólica, mandó llamar a su esposa, ella concurrió al llamado, se extendió la estera sagrada en el duro piso, y cuenta la leyenda de los siglos que se embriagó con vino.

No debe tomarse esto en el sentido literal de la palabra realmente se trata de alegorizar el drama edénico, es decir, comió de ese fruto del que se prohibiera cuando se dijo: «De todos los árboles del huerto podéis comer menos del árbol de la ciencia del bien y del mal porque el día que de él comieres moriréis».

Quetzalcoatl se entristeció mucho por haberse embriagado, es decir, había comido del árbol de la ciencia del bien y del mal.

 
Entonces hubo de abandonar la lejana Tule, la ciudad espléndida de la luz, vagó por todos los países del mundo sufriendo terriblemente, me viene a la memoria aquél momento en que Jehová Dios se dirigiera a Adam y Eva para decirles: «Vosotros pereceréis» y ellos hubieron de salir del Edén para trabajar y ganar el pan con el sudor de su frente y para alumbrar sus hijos con dolor.
Así también nuestro señor Quetzalcoatl vagando por todos los países del mundo, sufrió lo indecible; arrojó sus joyas en un río sagrado, escondió sus tesoros divinales y se fue en busca de la tierra roja, sufrió mucho, y mirándose un día en el espejo dijo: «he envejecido» fue sometido a pruebas por algunos magos negros pero él salió victorioso y al fin después de haber sufrido mucho llegó a la tierra roja, entonces dice la tradición pudo morir y resucitar, bajó a la región de los infiernos al Mictlán para recoger los huesos de sus antepasados.

Incuestionablemente antes de subir es necesario bajar, a toda exaltación le precede siempre una espantosa y terrible humillación; Quetzalcoatl fue humillado antes de ser exaltado. Arrepentido resolvió incinerarse y entre esas cenizas resucitó para convertirse en el lucero de la mañana.

Recordemos nosotros aquella frase del Apocalipsis que dice: "Al que venciere le daré el lucero de la mañana", ese lucero de la mañana, esa estrella maravillosa, Venus, realmente representa la fuerza extraordinaria del amor.

Quetzalcoatl resucitó de entre los muertos, es decir, volvió a cristificarse, sufrió por haber caído, pero se transformó después de haber sufrido y convertido pues, en un maestro de sapiencia, se transforma en el lucero de la mañana.

Quetzalcoatl es el Cristo cósmico, el Cristo que bulle y palpita en todo lo que es, en todo lo que ha sido y en todo lo que será.

 Teotihuacán "la ciudad donde los hombres se vuelven Dioses"

 
En todas las ciudades de los distintos reinos de este antiguo México se rendía culto a nuestro Señor Quetzalcoatl y si nosotros visitamos Yucatán hallaremos en algunas piedras todavía la historia de la vida, muerte y resurrección de nuestro señor Quetzalcoatl.
Eso se debe a que los antiguos Nahuas, los antiguos mexicas eran verdaderamente guerreros, sabios, conquistaron otras tierras, se expandieron hacia el sur llegaron a Yucatán impusieron su doctrina en todos los lugares centroamericanos. 

 La pirámide de Kukulcán en Chichen Itza

Ni siquiera los mayas pudieron rechazar el grandioso culto al Cristo cósmico, a nuestro señor Quetzalcoatl; Incuestionablemente la religión Nahuatl lo mismo que la maya y la tolteca están impregnadas de tremenda sabiduría divinal. Quienes supongan por ejemplo que los dioses de Anahuac o los dioses toltecas o zapotecas eran meramente ídolos se hallan perfectamente  equivocados. En nombre de la verdad diremos que los dioses de la antigua Tenochtitlán no fueron jamás ídolos.

Los Nahuatls no eran tan ignorantes como suponen los extranjeros que vinieron de Europa, como para adorar ídolos.

En realidad de verdad en la gran Tenochtitlán y pueblos adyacentes se rindió siempre culto a los ángeles, a los Elohim a los Prajapatis, quienes piensen que los dioses de Anahuac eran simplemente ídolos están totalmente equivocados. 

Los dioses de Anahuac son los mismos ángeles del cristianismo, los mismos Elohim de los hebreos, los mismos Prajapatis del Indostán; por ejemplo el señor del viento, el Dios maravilloso que tanto fue adorado en los pueblos antiguos no es simplemente un ídolo, Ehecatl es el señor del movimiento cósmico y tiene una escuela.

Todavía hace poco tiempo que se realizó en Yucatán un gran congreso de mayas. Se realizó en un pueblo que ahora no menciono, el dirigente de  aquél congreso fue un maya, sin embargo este fungía ante el pueblo como simple sacerdote católico, y se realizó el congreso del Mayab en pleno atrio de la iglesia. 

 
Fue precisamente allí donde un discípulo de la escuela del gran Ehecatl manifestó al alto sacerdote y a todos los grandes iniciados mayas que él quería el gran salto (Que su ciencia magnífica relacionada con el movimiento cósmico en modo alguno podría ser entendida por esta humanidad caduca y decadente del siglo XX) pedía permiso para dar el gran salto es decir, para meter el cuerpo físico dentro de la cuarta vertical definitivamente y marcharse a otro planeta.
Suplicó, se postró en tierra ante todos y oró, y la congregación le concedió el permiso, en presencia de todos metió el cuerpo dentro de la cuarta vertical con procedimientos esotéricos y científicos que la gente ésta supercivilizada ignora totalmente.

Ahora ese gran maestro vive en otro planeta, lo que estamos diciendo aquí, estoy seguro que en modo alguno podría ser entendido por aquellos que están embotellados dentro de los dogmas científicos y dentro de aquella geometría tridimensional de Euclides.

Los mayas nada tienen que ver con toda nuestra jerga cientifista ellos conservan viejas tradiciones milenarias, viven en ellas y nadie podría hacerles cambiar de ideas y aunque parezca increíble lo que voy a manifestar aquí ante este honorable auditorio que me escucha todavía en el Yucatán existe una ciudad Jinas, en ella moran gentes del antiguo Mayab, en ella viven conservando aún su ciencia estudiando sus tablillas siderales, haciendo sus cálculos de tipo matemático.

Estamos plenamente seguros de que los famosos supercivilizados de esta época jamás darán con esa gran ciudad del Mayab.

El México antiguo tuvo una cultura que ni remotamente sospechan las gentes de esta época, me viene a la memoria el caso aquél tan extraordinario de los 60 ancianos; queriendo el poderoso emperador Moctezuma saber algo sobre nuestros antepasados llamó a su primer ministro diciéndole:
«Quiero saber donde viven los antepasados del antiguo pueblo de Anahuac, ¿Dónde estará Quetzalcoatl, dónde la Madre de Huitzilopochtli, dónde tantos ilustres varones fundadores o profundadores de la gran Tenochtitlán?

Señor, (dijo el primer ministro) lo que pedís es imposible, donde viven estos santos varones, y la madre de Huitzilopochtli es en la lejana Tule, allá en la ciudad maravillosa, y nadie absolutamente nadie, podrá llegar a esa lejana Tule, el camino está cerrado y hay por doquiera bestias espantosas, océanos sin fondo y terribles peligros sólo por medio de encantos extraordinarios podríamos saber algo sobre nuestros antepasados, (Voy a consultar) al antiguo historiador de este imperio.

Y cuentan las tradiciones que se fue entonces al antaño y encontrándose cara a cara con un viejo eternal milenario le interrogó: decidme buen anciano ¿Dónde moran actualmente Quetzalcoatl, la madre de Huitzilopochtli y todos esos santos varones de los antiguos tiempos? Cuenta la leyenda de los siglos que el anciano respondió:

Poderoso emperador ellos viven en la lejana Tule, quisiera llegar allá, dice del gran emperador, imposible, el camino está cerrado, no es posible, sólo metiendo el cuerpo por medio de encantos extraordinarios dentro de la cuarta vertical podríais llegar a ese lugar.

Lo que me ha dicho el primer ministro (responde el poderoso emperador Moctezuma), es verdad porque el anciano historiador de este gran imperio me lo ha comprobado, y marchándose llegó a su palacio, días después convocaba al pueblo y convocaba también en forma específica, definida a los sesenta ancianos, éstos vinieron, el emperador dirigiéndose a ellos les dijo:

Quiero saber donde viven los Dioses de Anahuac, quiero saber algo sobre Quetzalcoatl, y sobre la madre de Huitzilopochtli, y sobre todos esos santos y heroicos varones fundadores de la gran Tenochtitlán, vosotros ancianos, tenéis la sapiencia que se necesita, a vosotros os encomiendo inmediatamente esa labor, deberéis llevar presentes para la tierra sagrada de la lejana Tule.

Y entregándoles esos presentes les dijo: Marcháos, dice la leyenda de los siglos que los sesenta se prepararon con muchos ayunos y abstinencias, impregnaron sus cuerpos con ciertas hierbas, y luego, haciendo sus mágicos círculos y sus encantos, así cuenta el padre Duran, en una de sus obras eminente sacerdote, metieron su cuerpo físico dentro de la cuarta vertical, es tan real esto que ni siquiera el padre Duran, se atreve a negarlo.
Viajaron, dice por la dimensión desconocida hasta la lejana Tule, al llegar ahí, dice la historia que entonces, se pusieron en contacto con un buen anciano, preguntaron ellos por estos heroicos fundadores, discípulos de los dioses santos, y se les dijo que ellos vivían allí, se condujo a los sesenta hasta al lugar donde estaba viviendo nuestro señor Quetzalcoatl y todos sus séquitos de heroicos y nobles varones mexicanos, entregaron sus presentes a quienes debían entregar, mas no se deja de mencionar el caso de que cuando marchaban hacia las casas de tan legendarios señores, los pies se hundían en la arena, y hasta se les dificultaba a estos sesenta caminar, ¿Qué os pasa? Preguntó el anciano a los sesenta, ¿porqué no podéis andar? ¿Qué es lo que coméis vosotros mexicanos? ¿Qué es lo que bebéis?.

Los sesenta respondieron, Señor: nosotros bebemos mucho pulque y nos embriagamos comemos de toda clase de carnes de caza, desgraciadamente también fornicamos, es por eso ilustres varones, dijo el anciano, que se os dificulta caminar en este lugar, vuestros presentes ciertamente no son para nosotros necesarios, pues vivimos una vida modesta, dormimos en el duro yermo no necesitamos de lujo.

Una anciana salió al encuentro de los sesenta, traía la cara tiznada con carbón, su vestido estaba toda rasgada, sucia, era la madre de Huitzilopochtli, la deidad fundadora de la gran Tenochtitlán, era la divina Madre Kundalini triste porque su hijo había caído por la fornicación, estoy triste, dijo ella, hasta que mi hijo regrese, es decir, hasta que mi Boddhisatwa, hablando en lenguaje sánscrito, se eleve se regenere, suba otra vez del lodo de la tierra, vosotros si continúas así como vais, dijo la madre de Huitzilopochtli, pronto vendrán del otro lado del mar hombres blancos y barbudos que os conquistarán y os destruirán, se refería claramente ella a los conquistadores de España.

Platicaron los sesenta con Quetzalcoatl, recibieron distintas enseñanzas, después de todo la madre de Huitzilopochtli, entregó un braguero, se dice, a los sesenta para que ellos a su vez se lo entregaran al poderoso Moctezuma, ciertamente esto no es más que un símbolo de castidad, y despidió la madre de Huitzilopochtli a los sesenta llevando tan duro mensaje al poderoso emperador Moctezuma, poderoso señor de la gran Tenochtitlán.

Regresaron los sesenta por entre la cuarta vertical, con su cuerpo físico en estado de Jinas, algunos de ellos perecieron durante el trayecto, pero quienes lograron volver a la gran Tenochtitlán, entregaron el mensaje al poderoso emperador.

Y él y su primer ministro llenos de dolor hablaron al pueblo, convocaron a las multitudes para que dejaran la embriaguez del pulque y para que entraran por el camino de la regeneración. Mas todo fue que era inútil, ya la poderosa civilización solar que otrora resplandeciera maravillosa en la gran Tenochtitlán y en Teotihuacán y ciudades adyacentes, había entrado en el proceso descendente, decadente e involutivo.

Las civilizaciones nacen crecen llegan a su cenit y después entran por el camino decadente hasta su destrucción. Así también un día por ejemplo floreció la poderosa civilización Romana, la tierra augusta de los Cesares y más tarde la gran Roma heroica, victoriosa, entró por el camino descendente hasta su destrucción general.

Y ¿qué diremos de las poderosas civilizaciones de Babilonia la grande, de Menfis y de el Cairo, de la antigua India de los Risshis sagrados y del poderoso Tíbet? Todas esas civilizaciones, entraron también en procesos decadentes y murieron, ¿porqué tenía que ser la excepción la poderosísima civilización de la gran Tenochtitlán? Obviamente los centros históricos son así, las civilizaciones nacen, crecen envejecen y mueren como las plantas, como los hombres, como los mundos, como todo lo que es como todo lo que ha sido como todo lo que será.

Pero quienes piensen que la poderosa civilización mexicana no existía y que aquí nuestros antepasados adoraban ídolos, están completamente equivocados porque México en su esplendor bien hubiera podido colonizar a Europa.

Nuestro Movimiento  Gnóstico posee tesoros preciosos, entre ellos tenemos realmente los tesoros del antiguo México, quiero referirme a los tesoros esotéricos y endotéricos, a los tesoros trascendentales y trascendentes a la poderosa cultura mística religiosa y artística de la antigua Anahuac.

Invitamos a todos, hombres y mujeres de buena voluntad a concer todos estos tesoros extraordinarios, a estudiar en verdad la doctrina antigua del México milenario; amigos, es necesario comprender la hora en que nos encontramos, los hijos del quinto sol, está dicho claramente por los sabios de Anahuac, perecerán por el fuego y los terremotos.
En estos instantes de crisis mundial y de bancarrota de todos los principios, la tierra tiembla por todas partes, ora en Europa dan los siete mil muertos, ora en el Perú dan los cincuenta mil, ora en la tierra de Managua acabando con la capital de ese país, ora en Venezuela o en Colombia o en la China.

Nadie conoce realmente la raíz de todos esos terremotos, y es que ahora comienza a cumplirse todo lo que dijeron los sabios que cincelaron la piedra del sol, el calendario Azteca, los hijos del quinto sol, es decir, nosotros pereceremos dentro de muy poco tiempo por el fuego y por los terremotos.

Paz Inverencial.  











jueves, 20 de mayo de 2010

La Magia de Machu Picchu. Revista Antropologia esoterica. duración: 7:27





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